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XXII. Lo que les pasó en Francia a Cándido y a Martín

con una inclinación de cabeza condescendiente; le cedió un asiento y una baraja de cartas a Cándido, quien perdió cincuenta mil francos en dos manos, tras lo cual cenaron muy alegremente, y todos se asombraron de que Cándido no se inmutara por su pérdida; los criados decían entre ellos, en el lenguaje de los criados:⁠—

“Algún lord inglés está aquí esta tarde”.

La cena transcurrió al principio como la mayoría de las cenas parisinas, en silencio, seguido por un murmullo de palabras que no se distinguían, luego con chistes de los cuales la mayoría eran insípidos, con falsas noticias, con malos razonamientos, un poco de política y mucha maledicencia; también hablaron de libros nuevos.

—¿Ha visto usted —dijo el abad del Périgord— la novela del señor Gauchat, doctor en teología?

—Sí —respondió uno de los invitados—, pero no he podido terminarlo. Tenemos una multitud de escritos necios, pero todos juntos no se acercan a la impertinencia de Gauchat, doctor en Teología. Estoy tan harto de la gran cantidad de libros detestables con los que estamos inundados que me veo reducido a apostar al faraón.

—¿Y los Mélanges del archidiácono Trublet, qué me dice de eso? —dijo el abad.

“¡Ah! —dijo la marquesa de Parolignac—, ¡qué mortal tan tedioso! ¡Con qué extraña curiosidad te repite todo lo que el mundo ya sabe! ¡Con qué pesadez discute aquello que no vale la pena comentar a la ligera! ¡Cómo, sin ingenio, se adropia del ingenio de los demás! ¡Cómo arruina lo que roba! ¡Cómo me disgusta! Pero ya no me disgustará más... basta con haber leído unas pocas páginas del archidiácono”.

Había en la mesa un hombre sabio y de buen gusto que apoyaba a la marquesa. Hablaron después de tragedias; la señora preguntó por qué

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