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XXVI. De una cena que Candido y Martín tomaron con seis forasteros, y de quiénes eran

—Partiremos después de cenar —respondió Cacambo—; no puedo decirle nada más; soy esclavo, mi amo me espera, debo servirle a la mesa; no diga una sola palabra, coma y luego alístese.

Cándido, dividido entre la alegría y el dolor, encantado de ver de nuevo a su fiel agente, estupefacto al hallarlo esclavo, lleno de la nueva esperanza de recuperar a su amada, con el corazón palpitante y la mente confundida, se sentó a la mesa con Martín —que contemplaba todas estas escenas con total indiferencia— y con seis forasteros que habían venido a pasar el Carnaval a Venecia.

Cacambo servía en la mesa a uno de los extranjeros; hacia el final del banquete se acercó a su amo y le susurró al oído:

“Señor, vuestra Majestad puede partir cuando le plazca, el buque está listo”.

Al decir estas palabras salió. Los presentes, muy sorprendidos, se miraron unos a otros sin decir una sola palabra, cuando otro criado se acercó a su amo y le dijo:

“Señor, la carroza de vuestra majestad está en Padua y el bote está listo”.

El amo dio una señal de conformidad y el criado se marchó. Toda la compañía volvió a mirarse unos a otros, y su sorpresa se redobló. Un tercer ayuda de cámara se acercó a un tercer desconocido, diciendo:

—Señor, créame, Vuestra Majestad no debería quedarse aquí ni un minuto más. Voy a prepararlo todo.

Y al instante desapareció. Cándido y Martín no dudaron de que aquello fuera una mascarada de Carnaval. Luego, un cuarto criado le dijo a un cuarto amo:

“Vuestra Majestad puede marchar cuando le plazca.”

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