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XVI. Aventuras de los dos viajeros, con dos muchachas, dos monos y los salvajes llamados orejones

Los orejones encontraron este discurso muy razonable. Diputaron con toda expedición a dos de sus principales personajes para indagar la verdad del asunto; estos cumplieron su comisión como hombres sensatos y regresaron pronto con buenas noticias. Los orejones desataron a sus prisioneros, les colmaron de toda clase de atenciones, les ofrecieron muchachas, les dieron avituallamiento y los recondujeron hasta los confines de sus dominios, proclamando con gran alegría:

“¡No es jesuita! ¡No es jesuita!”

Cándido no pudo menos de extrañarse por el motivo de su liberación.

—¡Qué gente! —dijo—; ¡qué hombres! ¡qué costumbres! Si no hubiera tenido la suerte de atravesarle el cuerpo al hermano de la señorita Cunegunda, me habrían devorado sin remisión. Pero, al fin y al cabo, la pura naturaleza es buena, ya que esta gente, en lugar de comerme la carne, me ha prodigado mil atenciones, una vez que supe que yo ya no era jesuita.

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