Los orejones encontraron este discurso muy razonable. Diputaron con toda expedición a dos de sus principales personajes para indagar la verdad del asunto; estos cumplieron su comisión como hombres sensatos y regresaron pronto con buenas noticias. Los orejones desataron a sus prisioneros, les colmaron de toda clase de atenciones, les ofrecieron muchachas, les dieron avituallamiento y los recondujeron hasta los confines de sus dominios, proclamando con gran alegría:
“¡No es jesuita! ¡No es jesuita!”
Cándido no pudo menos de extrañarse por el motivo de su liberación.
—¡Qué gente! —dijo—; ¡qué hombres! ¡qué costumbres! Si no hubiera tenido la suerte de atravesarle el cuerpo al hermano de la señorita Cunegunda, me habrían devorado sin remisión. Pero, al fin y al cabo, la pura naturaleza es buena, ya que esta gente, en lugar de comerme la carne, me ha prodigado mil atenciones, una vez que supe que yo ya no era jesuita.