Mirando al negro, derramó lágrimas y, llorando, entró en Surinam.
Lo primero por lo que preguntaron fue si había en el puerto alguna embarcación que pudiera ser enviada a Buenos Aires. La persona a la que se dirigieron fue un capitán de barco español, que se ofreció a tratar con ellos en términos razonables. Citó para reunirse con ellos en una taberna, adonde Cándido y el fiel Cacambo fueron con sus dos ovejas y esperaron su llegada.
Cándido, que tenía el corazón en los labios, le contó al español todas sus aventuras y confesó que tenía la intención de huir con la señorita Cunegunda.
—Pues tendré mucho cuidado de no llevarte a Buenos Aires —dijo el marino—. A mí me colgarían, y a ti también. La bella Cunegunda es la favorita de mi señor.
Esto fue un trupezón para Cándido: lloró durante mucho rato. Por fin apartó a Cacambo.
—Aquí, querido amigo —le dijo—, esto es lo que debes hacer. Tenemos, cada uno de nosotros en el bolsillo, cinco o seis millones en diamantes; tú eres más hábil que yo; debes ir a buscar a la señorita Cunegunda a Buenos Aires.
Si el gobernador pone alguna dificultad, dale un millón; si no quiere soltarla, dale dos; como tú no has matado a ningún inquisidor, no van a sospechar de ti; yo fletaré otro barco y te esperaré en Venecia; es un país libre donde no hay peligro ni de búlgaros, ni de ávaros, ni de judíos, ni de inquisidores.
Cacambo aplaudió esta sabia resolución. Estaba desesperado por separarse de un amo tan bueno, que se había convertido en su amigo íntimo; pero el placer de servirle pudo más que el dolor de abandonarle.