que otro tanto había sucedido en muchos sitios, y que estaba de acuerdo con las leyes de la guerra.
—Tan pronto como mis compañeros pudieron andar, se vieron obligados a ponerse en camino hacia Moscú. A mí me tocó en suerte un boyardo que me hizo su jardinerora y me dio veinte latigazos al día. Pero habiendo sido roto en la rueda este noble al cabo de dos años, junto con otros treinta boyardos por ciertas intrigas de la corte, saqué provecho de tal acontecimiento y me fugué.
Recorrí toda Rusia; fui durante mucho tiempo criada de un mesonero en Riga, lo mismo en Rostock, en Wismar, en Leipzig, en Kassel, en Utrecht, en Leiden, en La Haya y en Róterdam. Envejecí en la miseria y el oprobio, conservando tan solo una mitad de mis posaderas y recordando siempre que era hija de un papa.
Cien veces estuve a punto de matarme, pero amaba la vida. Esta flaqueza ridícula es tal vez uno de nuestros vicios más funestos; pues ¿hay algo más absurdo que querer llevar sin cesar una carga que siempre se puede arrojar al suelo?, ¿odiar la existencia y con todo aferrarse a ella?, ¿acariciar, en suma, a la serpiente que nos devora hasta que nos ha comido el corazón?
“En los diferentes países que me ha tocado recorrer, y en las numerosas posadas donde he sido criado, he notado a una inmensidad de gente que aborrecía su propia existencia, y sin embargo no supe de más de ocho que pusieran fin voluntariamente a su miseria; tres negros, cuatro ingleses y un profesor alemán llamado Robek. Acabé por servir al judío Don Issachar, quien me colocó cerca de vuestra presencia, hermosa dama. Estoy resuelto a compartir vuestra suerte, y me han afectado mucho más vuestras desgracias que las mías propias. Jamás os habría hablado de mis desventuras si no me hubierais picado un poco, y si no fuera costumbre contar historias a bordo de un barco para pasar el tiempo.