“Con dificultad me libré de aquel montón de cuerpos masacrados, y me arrastré hasta un gran naranjo en la orilla de un arroyo cercano, donde caí, abrumado por el miedo, la fatiga, el horror, la desesperación y el hambre.
Inmediatamente después, mis sentidos, rendidos, se entregaron al sueño, que era más un desmayo que un reposo.
Me hallaba en este estado de debilidad e insensibilidad, entre la vida y la muerte, cuando sentí que me oprimía algo que se movía sobre mi cuerpo.
Abrí los ojos y vi a un hombre blanco, de buen semblante, que suspiraba y decía entre dientes: «O che sciagura d’essere senza coglioni!»”