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XIX. Qué les pasó en Surinam y cómo Cándido conoció a Martín

ovejas deben de estar cargadas con un tesoro inmenso; no hablemos más del asunto. Antes que nada, que pague al contado las treinta mil piastras; luego ya veremos.

Cándido vendió dos diamantes pequeños, el menor de los cuales valía más de lo que el capitán pedía por el pasaje. Le pagó por adelantado. Las dos ovejas fueron embarcadas. Cándido lo siguió en un botecito para alcanzar la nave en la rada. El capitán aprovechó la ocasión, izó las velas y se hizo a la mar con viento favorable. Cándido, consternado y estupefacto, perdió pronto de vista el barco.

—¡Ay de mí! —dijo—, ¡esta es una estratagema digna del viejo mundo!

Él volvió, abrumado por el dolor, pues en verdad había perdido lo suficiente como para hacer la fortuna de veinte monarcas.

Se presentó ante el magistrado holandés y, en su angustia, golpeó ruidosamente la puerta. Entró y contó su peripecia, alzando la voz con innecesaria vehemencia.

El magistrado comenzó por multarle con diez mil piastras por hacer ruido; luego le escuchó pacientemente, prometió examinar su asunto a la vuelta del patrón y le ordenó pagar diez mil piastras por los gastos de la vista.

Esto redujo a Cándido a la desesperación; en verdad, había sufrido desgracias mil veces peores; pero la sangre fría del magistrado y la del patrón que le había robado encendieron su cólera y lo sumieron en una profunda melancolía. La maldad de los hombres se presentó ante su imaginación en toda su fealdad, y su mente se llenó de ideas sombrías. Al fin, enterándose de que un barco francés estaba listo para zarpar hacia Burdeos, como ya no llevaba ninguna oveja cargada de diamantes, alquiló

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