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XXV. La visita al señor Pococurante

Cándido disputó un poco el punto, pero con discreción. Martín era enteramente de la opinión del senador.

Se sentaron a la mesa y, después de una excelente cena, pasaron a la biblioteca. Cándido, al ver un Homero magníficamente encuadernado, alabó el buen gusto del virtuoso.

—Ahí —dijo—, hay un libro que en otro tiempo fue las delicias del gran Pangloss, el mejor filósofo de Alemania.

—No es mío —respondió Pococurante con frialdad—. Me hicieron creer en otro tiempo que me gustaba leerlo. Pero esa continua repetición de batallas, tan sumamente parecidas entre sí; esos dioses que están siempre activos sin hacer nada decisivo; esa Helena que es la causa de la guerra y que, sin embargo, apenas aparece en la pieza; esa Troya, sitiada durante tanto tiempo sin ser tomada; todo esto junto me causaba un gran fastidio.

A veces les he preguntado a los sabios si no estaban tan hartos como yo de esa obra. Los que fueron sinceros me confesaron que el poema les daba sueño; sin embargo, era necesario tenerlo en su biblioteca como un monumento de la antigüedad, o como esas medallas oxidadas que ya no sirven para el comercio.

—Pero Vuestra Excelencia no piensa así de Virgilio? —dijo Cándido.

—Concedo —dijo el senador— que el segundo, el cuarto y el sexto libro de su Eneida son excelentes, pero en cuanto a su piadoso Eneas, su fuerte Cloanto, su amigo Acates, su pequeño Ascanio, su tonto rey Latino, su burguesa Amata, su insípida Lavinia, creo que no puede haber nada más soso y desagradable. Prefiero con mucho a Tasso, o incluso los soporíferos relatos de Ariosto.

—Me atrevo a preguntarle, señor —dijo Cándido—, si no experimenta un gran placer al leer a Horacio.

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