Inmediatamente Cándido ensilló los tres caballos, y Cunegunda, la vieja y él emprendieron treinta millas de un tirón.
Mientras cabalgaban, la Santa Hermandad entró en la casa; mi señor el Inquisidor fue enterrado en una hermosa iglesia, y el cadáver de Issacar fue arrojado a un muladar.
Cándido, Cunegunda y la vieja habían llegado ya al pueblecito de Avacena, en medio de los montes de Sierra Morena, y conversaban de la siguiente manera en una posada pública.