solo moverme. Se me informó de tu paso por Burdeos, donde dejé al fiel Cacambo y a la vieja, que han de seguirme muy pronto. El gobernador de Buenos Aires me lo ha quitado todo, pero me queda tu corazón. ¡Ven! Tu presencia me devolverá la vida o me matará de placer.”
Esta encantadora, esta inesperada carta colmó a Cándido de una alegría inexpresiva, y la enfermedad de su querida Cunegunda lo abrumó de dolor.
Dividido entre estas dos pasiones, tomó su oro y sus diamantes y se apresuró, junto con Martín, hacia el hotel donde se hospedaba la señorita Cunegunda. Entró en su habitación temblando, con el corazón palpitante, la voz entrecortada por los sollozos; quiso abrir las cortinas de la cama y pidió luz.
—Cuidado con lo que hace —dijo la criada—; la luz le hace daño —y en seguida volvió a correr la cortina.
—Mi querida Cunegunda —dijo Cándido, llorando—, ¿cómo estás? Si no puedes verme, háblame al menos.
—Ella no puede hablar —dijo la criada.
La dama sacó entonces de la cama una mano regordeta, y Cándido la bañó con sus lágrimas y después la llenó de diamantes, dejando una bolsa de oro sobre el sillón.
En medio de estos transportes entró un oficial, seguido del abate y un piquete de soldados.
—Ahí —dijo—, están los dos extranjeros sospechosos —y al mismo tiempo ordenó que los apresaran y los llevaran a prisión.
—A los viajeros no se les trata así en El Dorado —dijo Cándido.
—Soy más maniqueo ahora que nunca —dijo Martín.