—¿Crees tú —dijo Martín— que los halcones siempre se han comido a las palomas cuando las han encontrado?
—Sí, sin duda —dijo Cándido.
—Pues bien —dijo Martín—, si los halcones siempre han tenido el mismo carácter, ¿por qué habéis de imaginar que los hombres hayan cambiado el suyo?
—¡Oh! —dijo Cándido—, hay una enorme diferencia, pues el libre albedrío...
Y razonando de este modo llegaron a Burdeos.