El barbero me encontró un puesto de lacayo de un caballero de Malta que iba a Venecia, pero al ver que mi amo no tenía dinero para pagarme el salario, entré al servicio de un mercader veneciano y me fui con él a Constantinopla.
Un día se me ocurrió entrar en una mezquita, donde vi a un viejo imán y a una devota muy bonita que estaba rezando sus padrenuestros. Tenía el pecho descubierto y entre los senos llevaba un hermoso ramo de tulipanes, rosas, anémonas, ranúnculos, jacintos y aurículas.
Se le cayó el ramo; lo recogí y se lo presenté con una profunda reverencia. Tardé tanto en entregárselo que el imán empezó a enfadarse y, al ver que yo era cristiano, pidió ayuda. Me llevaron ante el cadí, que me mandó dar cien azotes en las plantas de los pies y me envió a las galeras.
Estaba encadenado a la misma galera y al mismo banco que el joven barón. A bordo de esta galera había cuatro jóvenes de Marsella, cinco sacerdotes napolitanos y dos monjes de Corfu, quienes nos contaban que aventuras similares ocurrían a diario. El barón sostenía que él había sufrido una injusticia mayor que la mía, y yo insistía en que es mucho más inocente tomar un ramillete y volver a colocarlo sobre el seno de una mujer que ser hallado completamente desnudo con un ichoglán. Estábamos continuamente disputando, y nos daban veinte latigazos con un verga de toro cuando la concatenación de los sucesos universales os trajo a nuestra galera, y tuvisteis la bondad de rescatarnos.
—Bien, mi querido Pangloss —le dijo Cándido—, cuando fuiste ahorcado, disecado, azotado, y estabas atado al remo, ¿siempre pensaste que todo sucede para bien?
—Sigo en mi primera opinión —respondió Pangloss—, porque soy filósofo y no puedo retractarme, sobre todo porque Leibniz nunca pudo equivocarse; y además, la armonía preestablecida es la cosa más bella del mundo, así como su plenum y su materia subtilis.