—Vende uno de los caballos —respondió la anciana—; yo iré montada detrás de la señorita Cunegonda, aunque solo pueda sostenerme sobre una nalga, y llegaremos a Cádiz.
En la misma posada había un prior benedictino que compró el caballo por un precio bajo.
Cándido, Cunegunda y la vieja, habiendo pasado por Lucena, Chillas y Lebrija, llegaron al fin a Cádiz. Allí se estaba preparando una flota y reuniendo tropas para reducir a la razón a los reverendos padres jesuitas del Paraguay, acusados de haber hecho sublevar contra los reyes de España y Portugal a una de las tribus indígenas en los alrededores de San Sacarmento.
Cándido, habiendo estado en el servicio búlgaro, ejecutó el ejercicio militar ante el general de este pequeño ejército con una prestancia tan graciosa, con un aire tan intrépido y con tanta agilidad y rapidez, que se le dio el mando de una compañía de infantería.
¡Ya era capitán!
Zarpó con la señorita Cunegunda, la vieja, dos criados y los dos caballos andaluces que habían pertenecido al Gran Inquisidor de Portugal.
Durante su viaje razonaron largo y tendido sobre la filosofía del pobre Pangloss.
—Entramos en otro mundo —dijo Cándido—; y sin duda debe de ser allí donde todo va bien. Porque debo confesar que hay razones para quejarse un poco de lo que pasa en el nuestro en lo que atañe tanto a la filosofía natural como a la moral.
—Te amo con todo mi corazón —dijo Cunegunda—; pero mi alma aún está llena de espanto por lo que he visto y experimentado.