“Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra; mi padre me ha cedido todos sus derechos legítimos. He luchado en defensa de ellos; y más de ochocientos de mis partidarios han sido ahorcados, arrastrados y descuartizados. He estado confinado en prisión; voy a Roma a hacer una visita al Rey, mi padre, que fue despojado de su trono al igual que yo y mi abuelo, y he venido a pasar el Carnaval en Venecia”.
El cuarto habló así a su vez:
“Yo soy el rey de Polonia; la fortuna de la guerra me ha despojado de mis dominios hereditarios; mi padre pasó por las mismas vicisitudes; me resigno a la Providencia del mismo modo que el sultán Achmet, el emperador Iván y el rey Carlos Eduardo, a quien Dios guarde por muchos años; y he venido al Carnaval de Venecia”.
El quinto dijo:
“Yo soy también rey de Polonia; he sido dos veces desronizado; pero la Providencia me ha dado otro país, donde he hecho más bien del que todos los reyes sármatas fueron capaces de hacer a las orillas del Vístula; yo también me resigno a la Providencia, y he venido a pasar el Carnaval en Venecia”.
Era ahora el turno de hablar del sexto monarca:
“Señores —dijo—, yo no soy un príncipe tan grande como ninguno de vosotros; sin embargo, soy un rey. Soy Teodoro, rey electo de Córcega; tuve el título de Majestad y ahora apenas se me trata como a un caballero. He acuñado moneda y ahora no tengo un cuarto; he tenido dos secretarios de estado y ahora apenas tengo un ayuda de cámara; me he visto en un trono y me he visto sobre paja en una cárcel común de Londres. Temo que aquí me darán el mismo trato a pesar de que, como vuestras majestades, he venido a ver el Carnaval de Venecia”.