—Pero usted, mi querido Pangloss —dijo Cándido—, ¿cómo es posible que vuelva a verle?
—Es verdad —dijo Pangloss—, que usted me vio ahorcado. Me habrían quemado, pero recordará que llovió muchísimo cuando iban a asarme; la tormenta fue tan violenta que perdieron la esperanza de encender el fuego, así que me ahorcaron porque no pudieron hacer otra cosa.
Un cirujano compró mi cuerpo, me llevó a su casa y me disecó. Empezó por hacerme una incisión en cruz desde el ombligo hasta la clavícula. Uno no podría haber sido peor ahorcado de lo que lo fui yo.
El verdugo de la Santa Inquisición era un subdiácono, y sabía quemar a la gente maravillosamente bien, pero no estaba acostumbrado a colgar. La cuerda estaba mojada y no corría bien, y además estaba mal anudada; en resumen, yo aún respiraba cuando la incisión en cruz me hizo dar un grito tan espantoso que mi cirujano cayó de espaldas y, imaginando que había estado disecando al diablo, echó a correr muerto de miedo y se cayó por la escalera en su huida.
Su mujer, al oír el ruido, voló desde la habitación contigua. Me vio tendido sobre la mesa con mi incisión crucial. Se apoderó de ella un miedo aún mayor que el de su esposo, huyó y tropezó con él.
Cuando volvieron un poco en sí, le oí decir a la mujer a su marido:
«Querido, ¿cómo se te ha podido ocurrir disecar a un hereje? ¿No sabes que esta gente siempre lleva al diablo en el cuerpo? Iré a buscar a un sacerdote en este mismo instante para que lo exorcice».
Ante semejante propuesta me estremecí y, reuniedo el poco valor que me quedaba, grité con fuerza: «¡Tened piedad de mí!».
Al fin, el barbero portugués recobró el ánimo. Me cosió las heridas; su propia mujer me cuidó. A los quince días ya estaba en pie.