“Ya no podemos resistir más; hemos caminado bastante. Veo una canoa vacía cerca de la orilla del río; llenémosla de cocos, arrojémonos en ella y dejémonos llevar por la corriente; un río siempre conduce a algún paraje habitado. Si no encontramos cosas agradables, al menos hallaremos cosas nuevas”.
—De todo corazón —dijo Cándido—, encomendémonos a la Providencia.
Remaron unas cuantas leguas, entre orillas, en algunos sitios floridas, en otros estériles; en unas partes llanas, en otras abruptas. El arroyo se ensanchaba sin cesar y, a la postre, se perdía bajo un arco de rocas pavorosas que llegaban hasta el cielo.
Los dos viajeros tuvieron el valor de confiarse a la corriente. El río, al estrecharse de repente en este lugar, los arrastró con un ruido y una rapidez espantosos. Al cabo de veivticuatro horas volvieron a ver la luz del día, pero su canoa quedó hecha añicos contra las rocas.
Durante una legua tuvieron que ir trepando de roca en roca, hasta que por fin descubrieron una llanura extensa, limitada por montañas inaccesibles. El país estaba cultivado tanto por el placer como por la necesidad. Por todas partes lo útil era también lo hermoso. Los caminos estaban cubiertos, o más bien adornados, con carruajes de forma y materia relucientes, en los que iban hombres y mujeres de una belleza sorprendente, tirados por grandes ovejas rojas que superaban en ligereza a los más finos corceles de Andalucía, Tetuán y Mequinez.
—Aquí, sin embargo —dijo Cándido—, hay un país mejor que Westfalia.
Salió con Cacambo hacia la primera aldea que divisó. Unos niños vestidos con brocados en harapos jugaban al tejo en las afueras. Nuestros viajeros del otro mundo se divertían contemplándolos.