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XXII. Lo que les pasó en Francia a Cándido y a Martín

los cincuenta mil francos perdidos en el juego y del valor de los dos brillantes, mitad dados, mitad extorsionados. Su propósito era sacar el mayor provecho posible de las ventajas que el conocimiento de Cándido pudiera procurarle. Habló mucho de Cunegunda, y Cándido le dijo que le pediría perdón a esa hermosa por su infidelidad cuando la viera en Venecia.

El abate redobló su cortesía y sus atenciones, y demostró un tierno interés por todo lo que decía Cándido, por todo lo que hacía, por todo lo que deseaba hacer.

“¿Y así, señor, tiene usted una cita en Venecia?”

—Sí, señor abad —respondió Cándido—. Es absolutamente necesario que vaya al encuentro de la señorita Cunegunda.

Y luego el placer de hablar de lo que amaba le indujo a relatar, según su costumbre, parte de sus aventuras con la bella westfaliana.

—Creo —dijo el abate— que la señorita Cunegunda tiene muchísimo talento y que escribe cartas encantadoras.

—Jamás he recibido ninguna de ella —dijo Cándido—, pues al haber sido expulsado del castillo por su causa, no tuve ocasión de escribirle. Poco después de aquello oí decir que había muerto; luego la encontré viva; más tarde la volví a perder; y, por último, le mandé un correo desde dos mil quinientas leguas de aquí, y sigo esperando la respuesta.

El abate escuchó atentamente y pareció quedarse sumido en profunda meditación. Al poco rato se despidió de los dos extranjeros tras un abrazo de lo más tierno. Al día siguiente, Candido recibió al despertar una carta redactada en estos términos:

“Amor mío queridísimo, desde hace ocho días estoy enfermo en este pueblo. Me entero de que estás aquí. Volaría a tus brazos si pudiera tan

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