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CAPÍTULO IV. PORT ROYAL Y LOS ÚLTIMOS AÑOS DE PASCAL.

podría haber conocido tan bien como ellas todas las circunstancias. Es notable, por lo tanto, que ninguna de las dos diga nada del conocido incidente, enfatizado por Bossut como la causa principal y estimulante de su gran cambio:—

«Un día —se cuenta—, en el mes de octubre de 1654, cuando iba, según su costumbre, a dar su paseo al puente de Neuilly *en coche de cuatro caballos*, los dos caballos delanteros se volvieron ariscos en un tramo del camino donde había un pretil, y se precipitaron al Sena. Afortunadamente, las primeras coces de sus patas rompieron los tirantes que los unían a la lanza, y el coche quedó detenido al borde del precipicio. Puede imaginarse el efecto de semejante impacto en la endeble salud de Pascal. Desvanecióse, y solo con dificultad volvió en sí; sus nervios quedaron tan deshechos que mucho tiempo después, durante las noches de insomnio y en momentos de debilidad, le parecía ver un abismo junto a su lecho, por el cual estaba a punto de caer».

Este alarmante incidente, que proviene de una tradición casi contemporánea, contribuyó sin duda al retiro de Pascal del mundo, y no con menor probabilidad también a una extraña visión que tuvo por entonces, a la cual nos referiremos más adelante. Pero resulta peculiarmente interesante rastrear la historia íntima del gran cambio de Pascal. Es evidente, por lo que dice su hermana, que su mente llevaba algún tiempo muy desasosegada en el gran mundo en el que vivía. Hasta qué punto esto fue obra de sus antiguas convicciones religiosas, que renovaban continuamente su influencia a través de la conversación de su hermana; hasta qué punto fue mera fatiga y repugnancia hacia las frivolidades de la vida mundana, y hasta qué punto pudo deberse a esperanzas frustradas y al desencanto de un sueño de amor roto, no podemos saberlo con claridad.

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