Cuenta, pues, cómo había hecho una visita a un doctor de la Sorbona, que era vecino suyo y uno de los más entusiastas oponentes de los jansenistas, para informarse sobre la controversia. Le preguntó por qué la cuestión de la gracia no se zanjaba mediante una decisión formal página 120 de que «la gracia es realmente dada a todos». Pero recibió una brusca reprimenda, y le dijeron que esa no era la cuestión.
“Había quienes, entre los de su bando, sostenían que la gracia no se concede a todos, y aun los propios examinadores habían declarado, en sesión plenaria de la Sorbona, que tal opinión era problemática”.
Esta era, de hecho, su propia postura, y la corroboraba con lo que —según decía— era un pasaje célebre de san Agustín: «Sabemos que la gracia no se da a todos los hombres».
No le fue mejor en su segunda indagación. Su vecino, por muy opuesto que fuera al jansenismo, no quería condenar la doctrina de la gracia eficaz. La doctrina, por el contrario, era de lo más ortodoxa, la sostenían los jesuitas y él mismo la había defendido en su tesis en la Sorbona.
El interrogador queda desconcertado y se arriesga a preguntar entonces en qué consistía la herejía del señor Arnauld. «En esto», responde su amigo, «en que no reconoce que los justos tienen el poder de cumplir los mandamientos de Dios de la manera en que nosotros lo entendemos». Una vez que llega a lo que supone que es «el núcleo del asunto», acude raudo a ver a un conocido jansenista, «un hombre muy decente a pesar de todo». Pero si antes estaba desconcertado, lo está aún más cuando oye