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CAPÍTULO IV. PORT ROYAL Y LOS ÚLTIMOS AÑOS DE PASCAL.

Cualesquiera que fuesen los sueños diurnos que Pascal haya abrigado, «Dios lo llamó», como dice su hermana, «a una gran perfección». No estaba en su naturaleza conformarse ni con los encantos ni con las ambiciones del mundo. Todo el tiempo que frecuentó la suntuosa sociedad de París, pareciendo tan solo uno de sus volubles integrantes, latían en su interior pulsiones de una vida superior que no podían silenciarse. Su conciencia lo reprendía continuamente en medio de todas sus diversiones, y lo dejaba inquieto aun en los momentos más exultantes del amor que llenaba su corazón. Este no es un cuadro hipotético, sino uno sugerido por él mismo en una conversación con su hermana. Ella nos cuenta desde su retiro cómo su hermano vino a verla, fascinado por la firmeza de su fe, en contraste con su propia indiferencia y vacilación. Antaño había sido el celo de él el que la había inclinado hacia pensamientos elevados. Ahora es la atracción de la piedad de ella la que lo domina y lo deja infeliz en medio de todas las seducciones de la sociedad en la que se halla. «Dios se valió de mi hermana», dice Madame Périer, «para el gran designio, como página 75Él se había valido antiguamente de mi

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