Este era el duque de Roannez, un joven de menor edad que él, que parece haber poseído muchas cualidades atractivas. Estaba devoto de Pascal —apenas podía «soporta[r] que seapartara de su vista», como dice Marguerite Périer— y Pascal correspondió calurosamente a su amistad. Parece como si hubieran vivido juntos una buena temporada, o al menos que Pascal pasó la mayor parte de su tiempo con el joven duque; y fue sin duda en su casa y en su compañía donde probó las alegrías y los peligros de esa vida mundana y lujosa de la que su hermana habla con tanta amargura.13
Era una vida, al fin y al cabo, de disfrute insensato más que de una insensatez más profunda. Ambos hombres eran aún muy jóvenes —el duque tenía apenas veintidós años, y Pascal, veintiocho—. Tras su formación sencilla y austera, y la compañía de sus amigos jansenistas, debió de ser un cambio lleno de emoción, posiblemente de peligro moral, para el que fuera un estudiante entusiasta; pues la sociedad de la época estaba cargada de elementos tanto de indiferencia escéptica como moral. Se ha llegado a decir que «ninguna sociedad fue jamás más grandiosamente disoluta» que la de la Fronda, «cuando mujeres como La Barette 14 page 66y La Couronne llevaban la voz cantante en los placeres menos discretos».
Entre los hombres con los que Pascal evidentemente se relacionó en la casa del duque de Roannez, y con los que trabó una cierta amistad, se encontraba el conocido caballero de Méré, a quien recordamos sobre todo como preceptor de Madame de Maintenon, y cuyas cartas, elegantes pero frívolas, aún perduran como un retrato de la época.
Era un jugador y un libertino, aunque con cierto barniz de ciencia y un declarado interés por su progreso.
En su correspondencia hay una carta a Pascal, en la que se toma libertades de un modo algo ridículo con el joven geómetra ya tan distinguido.