Esta lastimosa historia del nuevo tomista despierta una piedad recíproca en el escritor. Pero su compañero jansenista se ve incitado a una indignada protesta:—
«No os flateréis —exclama— con haber salvado la verdad. Si no tuviera otro protector que vosotros, habría perecido en manos tan débiles. Habéis recibido en la Iglesia el nombre de su enemigo, y esto es recibir al enemigo mismo. Los nombres son inseparables de las cosas. Si una vez se admite el término gracia *suficiente*, podréis hablar muy finamente acerca de entender con ello únicamente una gracia insuficiente; pero esto de nada servirá. Vuestra explicación será tenida por odiosa en el mundo, donde los hombres hablan con mucha mayor sinceridad de cosas menos importantes. Los jesuitas triunfarán. Será su gracia suficiente, y no la vuestra —que es solo un nombre— la que será aceptada. Será la de ellos, que es lo contrario de la vuestra, la que se convertirá en artículo de fe».
En vano proclama el nuevo tomista su disposición a sufrir el martirio antes que permitir esto, y a sostener hasta la muerte la gran doctrina de Santo Tomás. Su alusión a la importancia de la doctrina no hace sino provocar con mayor severidad la elocuencia indignada del jansenista, quien da fin a la Carta en un pasaje que anticipa el tono más grave y elevado de las Cartas posteriores.