«Demasiado tiempo habéis engañado al mundo y abusado de la confianza que los hombres han depositado en vuestras imposturas. Ya es hora de vindicar la reputación de tantas personas a las que habéis calumniado; pues ¿qué inocencia puede estar tan universalmente reconocida como para no sufrir contaminación por la osada difamación de una sociedad de hombres esparcida por el mundo, que, bajo hábitos religiosos, ocultan mentes irreligiosas; que perpetran crímenes tal como urden calumnias, no contra sus propias máximas, sino en conformidad con ellas? Nadie puede culparme, ciertamente, por haber destruido la confianza que de otro modo podríais haber inspirado, ya que es mucho más justo vindicar para tantas buenas personas a las que habéis desacreditado la reputación de piedad que merecían, que dejaros una reputación de sinceridad que jamás habéis merecido. Y como lo uno no podía hacerse sin lo otro, cuán importante era hacer comprender al mundo lo que realmente sois. Esto es lo que he comenzado a hacer; pero se necesitará tiempo para completar la obra. El mundo, sin embargo, oirá hablar de vosotros, padres míos, y toda vuestra política no servirá para resguardaros. Los propios esfuerzos que hacéis para esquivar el golpe solo servirán para convencer a los menos esclarecidos de que tenéis miedo, y de que, heridos en vuestras propias conciencias por mis acusaciones, habéis recurrido a todos los expedientes para evitar quedar al descubierto». 19
El efecto de las «Provinciales» no fue solo alarmar a los jesuitas, sino a la Iglesia. El escándalo de su exposición se sintió tan profundamente, que los curés de París y Ruan