80solitary en el siglo
Hace unos años le hice una visita largamente deseada. Está situado a unas dieciocho millas al oeste de París, y a siete u ocho de Versalles, en la carretera de Chevreuse. A medida que el viajero se aproxima desde Versalles, las largas líneas de un camino llano y algo sombrío, solo animado por hileras de altos álamos, dan paso a un paisaje más pintoresco.
Un pueblo antiguo y desmoronado, con su pintoresca iglesita, de piedras grises marcadas por el liquen avivadas por el cálido sol de un día de septiembre, y las vides desparramadas que dejaban caer sus pálidas hojas polvorientas sobre las puertas de las cabañas, ofrecían una grata variedad en el monótono paisaje.
¡Qué brumosa y a la vez alegre era la luminosidad en la que parecían dormir las pobres y humildes casas!
Después de esto el camino descendía por una larga pendiente, coronada a un lado por la silueta irregular de un bosque, y que presentaba aquí y allá rastros rotos y ruinosos de antiguas viviendas.
El famoso valle de Port Royal se extendía ante nosotros. Era un paraje tranquilo y pacífico, pero a la vez sombrío. El aislamiento era absoluto. Ningún murmullo de alegre labor animaba aquel espacio desolado.
Un aire más bien de prolongado abandono reposaba sobre el jardín y las terrazas en ruinas, sobre la casa de labor y el palomar, y sobre los restos, más cercanos, de lo que parecía una capilla. Cuanto más minuciosamente abarcaba la escena la mirada, más tristes parecían sus rincones desolados y los pocos monumentos de sus glorias pasadas. La quietud, como de un pasado sepultado, lo envolvía todo, y requería un esfuerzo de imaginación poblar el valle con las sagradas actividades del