“Sin el conocimiento divino —dice—, ¿qué han podido hacer los hombres sino ensalzarse en la conciencia de su grandeza original, o abastarse ante la vista de su flaqueza actual? Incapaces de ver la verdad entera, jamás han alcanzado la virtud perfecta. Considerando los unos la naturaleza como incorruptible, y los otros como irreparable, han sido alternativamente víctimas del orgullo o de la sensualidad, las dos fuentes de todo vicio. . . . Si, en un caso, reconocían la excelencia del hombre, ignoraban su corrupción; y así, al escapar de la indulgencia, se perdían en el orgullo. En el otro caso, al reconocer su debilidad, ignoraban su dignidad y, mientras escapaban de la vanidad, se hundían en la desesperación. De ahí las diversas sectas de estoicos y epicúreos, de dogmáticos y académicos, etc. > La religión cristiana es la única que puede conciliar estas discrepancias y curar ambos males, no expulsando el uno por medio del otro, según la sabiduría de este mundo, sino expulsando el uno y el otro mediante la sencillez del Evangelio. Pues enseña a los justos que, si bien los eleva hasta hacerlos partícipes de la naturaleza divina, aun llevan consigo en este estado excelso la fuente de toda su corrupción, convirtiéndolos durante su vida en súbditos del error, de la miseria, de la muerte y del pecado. Al mismo tiempo, proclama a los más impíos que son capaces de llegar a ser partícipes de la gracia de un Redentor. Al advertir así a aquellos a quienes justifica, y consolar a aquellos a quienes condena, templa con justa medida el temor y la esperanza, a través de la doble capacidad en todos de gracia y de pecado; de modo que abasalla infinitamente más que la razón, pero sin producir desesperación, y exalta infinitamente más que el orgullo natural, pero sin envanecer; mostrando claramente que ella sola está exenta de todo error y agravio, y posee el poder de instruir y corregir a los hombres a la vez. > > ¿Quién puede, pues, negarle su creencia a esta revelación, o negarse a adorar su luz celestial? Pues ¿no es acaso página 199más claro que el día el hecho de que sentimos en nosotros mismos las huellas indelebles de la excelencia divina? Y resulta igualmente claro que experimentamos a cada hora los efectos de nuestra caída y ruina. ¿Qué es lo que nos llega entonces de todo este caos y confuso delirio, con una voz de irresistible convicción, sino la verdad irrefragable de ambas facetas de la humanidad?” 14
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