“No me quites eso —dice—, 5 que no puedes dar. Si es verdad que el mundo ha conservado algunas huellas de la amistad que me demostró cuando yo estaba en él, plega a Dios que esto no me aparte de abandonarlo, ni a ti de consentir en que lo haga. Esto debería ser más bien, página 60, mi gloria y tu alegría, y la de todos mis verdaderos amigos, por cuanto muestra la fuerza de mi Dios, y que no es el mundo el que me deja, sino yo la que dejo al mundo, y que el esfuerzo que este hace para retenerme debe considerarse tan solo como un castigo visible de la complacencia con que antaño lo miraba, y que ahora place a Dios darme la fuerza para resistir. . . . No estorbes a los que obran bien; y obra bien tú mismo; o si no tienes la fuerza para seguirme, al menos no me retengas. No me hagas ingrata a Dios por la gracia que ha concedido a alguien a quien amas. . . . Espero esta prueba de tu amistad fraternal, y te ruego que vengas a mis divinas nupcias, las cuales tendrán lugar, si Dios quiere, el domingo de la Trinidad. Le escribí también a mi fiel [su hermana Gilberte]. Te ruego que la consuelues, si es necesario, y la animes. Solo por pura formalidad te pido que estés presente en la ceremonia; pues no creo que tengas la menor intención de fallarme. Ten por seguro que he de renunciar a ti si lo haces”.
El resultado de este conmovedor ruego fue