El fugaz vistazo que el relato ofrece de sus ocupaciones en Auvernia, y la relativa luminosidad y holtura en que al parecer sitúa su vida por un breve tiempo, resultan agradables. Sugiere la idea de que el traslado al campo había dado buen resultado y de que, con el descanso y el retiro de París, su salud había mejorado considerablemente.
Es un panorama muy diferente el que obtenemos de la que un día fue brillante Jacqueline. Si su padre había abrigado alguna esperanza de devolverla de nuevo al mundo, estaba destinado a la desilusión. Con su conversión en Ruan y su asociación con el señor Singlin y Port Royal, su antigua vida parece haberse extinguido por completo. Incluso su viejo placer por hacer versos fue renunciado a petición de Port Royal. Se le dijo «que era un talento del cual Dios no tomaría ninguna cuenta; era necesario enterrarlo», y esto a pesar de que ahora solo lo ejercía al servicio de la religión y de la Iglesia.
Si bien Madame Périer no nos ha dado ningún detalle, y de hecho ningún hecho en absoluto, de la vida de su hermano en este momento, nos ha ofrecido un retrato minucioso de las austeridades de Jacqueline. En todo, excepto en el nombre, ya se había convertido en monja. Vestía un atuendo que se acercaba lo más posible a un hábito religioso; ayunaba y hacía vigilias; pasaba todo su tiempo o bien sola en casa, absorta en éxtasis religioso, o bien fuera dedicada a obras de activa caridad; de todas las maneras posibles dejó bien claro que era únicamente el deseo de su padre lo que la retenía en el mundo.
page 57Tras una estancia en Auvernia de diecisiete meses, la familia regresó a París en noviembre de 1650. Allí seguimos leyendo sobre las pías labores y la devoción de Jacqueline, y poco o nada sobre su hermano. Hasta qué punto el ocio de la vida campestre pudo haberlo alejado de sus antiguas ocupaciones, o hasta qué punto el mundo había empezado a