No puede decirse, por tanto, que sea motivo de lamento que Pascal no viviera para completar la porción histórica de su proyectado trabajo,—lo que él mismo parece haber considerado, según el testimonio de sus amigos, la estructura principal de la defensa que se proponía levantar a favor de la religión tan querida para él.
Gastó sus verdaderas fuerzas en el pórtico del templo diseñado. Su genio lo capacitaba para habérselas con esto, y solo con esto, de un modo adecuado. Su análisis moral, a la vez agudo y veraz, le permitió no solo dejar al descubierto todas las «desproporciones» de la humanidad, sino además desplegar la adecuación del cristianismo como sistema espiritual para afrontar y remediar dichas desproporciones.
Esta es la verdadera obra «apologética» de los Pensées, y la única para la que el espíritu de Pascal lo capacitaba de manera eminente.
Ve en el Evangelio un Poder Divino capaz de atender las necesidades superiores del hombre: un poder de compasión infinita hacia la debilidad y la miseria humanas, de ayuda infinita para la primera y de remedio para la segunda.
La religión cristiana, según él, es la única que «comprende a la vez la grandeza y la degradación del hombre, y la razón tanto de lo uno como de lo otro».
«Es igualmente importante para el hombre conocer su capacidad de ser semejante a Dios y su indignidad ante Él. Conocer a Dios sin conocer su propia miseria, o conocer su miseria sin conocer al Redentor, que es el único que puede librarlo de ella, es igualmente peligroso. Lo uno constituye el orgullo del filósofo, lo otro la desesperación del ateo. El hombre debe, por tanto, tener la doble experiencia, y así ha querido Dios revelarlo. Esto es lo que hace la religión cristiana; en esto consiste».