El cuidado que Pascal prodigaba a los pobres, su amor por ellos —«servir a los pobres con espíritu de pobreza» era lo que le parecía «más grato a Dios»—, su deseo de morir entre ellos, de ser llevado al Hospital de Incurables y exhalar allí su último suspiro; la historia de su rescate de la joven mendiga que le pidió limosna en las calles; su paciencia inigualable, y aun su alegría, en el sufrimiento, de modo que parecía acogerlo y ceñírselo como a una vestidura; su maravillosa humildad y, sin embargo, su noble valor hasta el final en el asunto del Formulario, todo esto llega al corazón del lector.
Debe de ser un corazón frío el que no se conmoviera ante la imagen de una gran alma que se esfuerza por «renunciar a todo placer y a todas las superfluidades», por copiar al pie de la letra, como san Francisco, el retrato de su Maestro.
Pero aquí, como en todas partes, la copia humana se queda infinitamente corta respecto al Original divino. Hay la belleza de una verdadera vida humana bajo toda la imagen de sufrimiento que se nos presenta en los Evangelios.