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IV. The Music

a cambio, como medida de su aptitud, la risa que le había soltado a la señora Bailey, esperando que él la hubiera oído.

—Encuentro muy incómoda esta costumbre de apagar la luz a las once —iba diciendo él. Miriam sonrió y escuchó con avidez los tonos bajos, uniformes y extrañamente modulados. —¿Me propongo presentar el examen médico de Londres en julio y tengo un buen montón de trabajo duro que sacar adelante antes de esa fecha? No iba a dejar de hablar, pero Miriam encontró un espacio de inmensa acogida para la palabra que convocaba en vano, desesperadamente, desde la lejana Wimpole Street. —El Conjoint —declaró ella por fin, con avidez, casi antes de que la palabra llegara a su conciencia. —El Conjoint —repitió él, y mientras su voz continuaba, Miriam contemplaba la acumulación que habían reunido. Estaba de pie, sonriendo, familiarizándose con la cualidad de su voz, captando el sentido de una palabra aquí y allá. A través de su charla, él sonreía con una complacencia burlona y agrada ante esta forma de escuchar. Sintió como si estuvieran hablando hacia atrás, hacia algo ya dicho, y cuando comprendió el «Estoy haciendo el curso de postgrado en tu gran hospital de por aquí», intentó en vano resistir la tentación de guiar su charla hacia los detalles. La manera de preservar el encanto intacto habría sido dejarle seguir hablando. Podría incluso haber escuchado atentamente y aprendido el significado del curso de postgrado y su lugar en el mundo médico de Londres; el mundo médico de Londres entero estaba siendo transformado por este hombre en algo sencillo y alegre. Pero las palabras impacientes se le habían escapado—: Oh; ese es el que tiene el cuento glorioso. —Cuéntame el cuento —rió él entre dientes con suavidad, mostrando una hilera de dientes fuertes, cuadrados e impecables. —Bueno —dijo ella—, los grandes cirujanos estaban operando y el paciente se estaba desmoronando, y uno dijo: «Creo que ya es hora de que llamemos a la ayuda divina». «No diga tonterías —dijo el otro—, no creo en los ayudantes sin titulación». —¡Eso es magnífico! —declaró él—; ese es uno de los mejores cuentos que he oído. No lo olvidaré. Él no se había escandalizado y ella había contado la historia con

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