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I

De pronto su mente se quedó en blanco. Su cuerpo pesaba sobre la silla, mal vestido, demasiado abrigado, con un hormigueo petulante de deseos. Se movió, apartándose con repulsión de su fea, inexorable y barata ropa, de sus gafas, del misterio de su cabello rígido y peinado con estúpidez; ¿cómo, cómo, cómo lograba la gente darle expresión a su cabello a propósito y no por casualidad? ¿Por qué le quería Grace a pesar de todas estas cosas, a pesar de los malos pensamientos que debían notarse? La quería. No había sentido nada, no había visto nada. Disimuló su rostro y se volvió hacia Grace, mirando más allá de ella, hacia la oscuridad fuera del alcance de la luz del fuego. Justo en el límite de sus gafas, el rostro iluminado por el fuego de Grace brillaba en el borde de la oscuridad, medio vuelto hacia ella. Saltó a su mente la constatación de que estaba allí sentada hablando con alguien… Maravilloso hablar y oír una voz que responde. Asombroso; más maravilloso y asombroso que cualquier cosa que pudieran debatir. Grace tenía que saberlo, incluso aunque no fuera consciente de ello… algún pequeño sonido que ambas pudieran oír, una pequeña marca en la quietud, que disipaba luz y alivio. Desvió la mirada y se encontró con los ojos de Grace, aterciopelados, profundamente chispeantes, que destilaban admiración y amor tiránico, esperando pacientemente… —Bueno —dijo Miriam, buscando somnolienta el hilo de un pensamiento coherente—. —¿Te refieres a que hay diferencia en cuanto a que yo vaya a devolverle la visita a mi tía? —preguntó Grace con miedo en los ojos. —No, querida —dijo Miriam con impaciencia. —¿Acaso no ves que de todos modos no puedes hacerlo? —Llevan solo cinco años —dijo Grace en un recitativo bajo y decidido—. Nosotras hemos vivido en casi el mismo vecindario durante quince. Así que nos toca a nosotras hacer la primera visita. —Miriam suspiró ásperamente. —Eso no importa un bledo —replicó ruborizándose de ira—. —Ojalá tuviera tu capacidad para entender las cosas, querida Miriam —dijo

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