La casita traía el olvido y el descanso. No interrumpía la nueva vida. La nueva vida fluía a través de ella, bañada de sol. Era una huida por perspectivas extrañas, una superabundancia de salvaje extrañeza, con el hilo conductor en la mano, la puerta de retirada siempre abierta; el descanso y el olvido acumulándose en el interior de uno hasta convertirse en fuerza.
Los incidentes que Grace había descrito desfilaban en pequeñas escenas inconexas dentro y fuera de las cavernas del fuego moribundo. Esperaba con temblor un veredicto. A Miriam le parecieron tan decisivos que le costaba mantenerse en el punto de vista de Grace. Se situó en el pintoresco suburbio, vislumbró a lo lejos los bosques de Highgate, la bonita casa esquinera aislada en su jardín, a las hermanas con los vestidos que habían llevado en el baile charlando con su madre dentro de la casa, atendidas por su educado y admirador hermano; su inconsciencia, sus vidas tal como se veían a sí mismas. Todo encajaba con los sombreros de paja de Leghorn que habían llevado en la fiesta en el jardín de la liga durante el verano. Podría haber advertido a Grace entonces de haber sabido lo de los sombreros. … Grace aún no había descubierto que la gente se organizaba en grupos. … Lo único honesto que se podía decir ahora sería—ah, bueno, claro, con una madre y unas hermanas así; ¿no ves lo que son? Su mente trazó un pequeño círculo en torno al grupo familiar. Giraba sin cesar a su alrededor mientras avanzaban por la vida. Frunció el ceño con seguridad hacia el fuego, aliándose con la gente desconocida que conocía tan bien. Si no hablaba, Grace vería en ella algo de la cualidad que servía de pasaporte a ese mundo de voz suave …