enfadados. El hombrecito les deseó las buenas noches en voz alta; un mantel revoloteaba sobre la gran mesa. Miriam volvió a su cuaderno. Él estaba escribiendo, con un trocito de lápiz sacado del bolsillo, sobre su trozo de papel, apoyado contra la pared. > Tome señorita —le gritó con aspereza, entregándoselo—. Mentiras —leyó—; garabateado con letra redonda sobre sus palabras, y debajo— no existe ningún Cosmopolis. Bernard
Oh sí, hay una cosmópolis argüía Miriam levantando la vista y mirando hacia afuera desde un remolino de imágenes convincentes. Él paseaba por el espacio de la ventana con sus ropas extraordinarias, bajo y de algún modo demasiado cuadrado para su ropa, haciendo que su ropa pareciera cuadrada. Su cabeza cuadrada y de formas redondeadas era esculpida de manera cambiante por la luz del gas mientras caminaba de un lado a otro. Su distinción pareció agudizarse con las palabras de ella cuando dijo vous avez tort monsieur. Ella tenía la sensación de que Émile y Sissie miraban de reojo y se sentían ofendidos mientras ella dejaba deslizar su frase para saltar, desafiándolos, abandonando sus pensamientos atropellados, y aferrarse a cualquier precio al gozo de decir y escuchar no importa qué, en lengua extranjera. Pagaría por el momento cualquier precio para hacerlo sonar y mantenerlo sonando en la habitación. Los espacios de su vida independiente en la casa se convirtieron en un fondo para este gozo familiar y olvidado tan inesperadamente renovado.
“ ¡No, señorita!” gritó el señor Mendizabal.
Ella lanzó una mirada furiosa y general hacia su silueta paseandose. Él era otro de esos extranjeros a quienes en Inglaterra no les importa nada más que practicar inglés. Luego defendería su teoría.
“Je n’ai pas tort”, tronó él, de pie frente a ella con las manos en los bolsillos. Dio por hecho que ella sabía francés.