mesa captaban la luz. La de Miriam estaba sola en el extremo de la mesa. El señor Bowdoin se la había quitado pero sin entablar conversación, y a ella se le quedó dando vueltas y más vueltas en la cabeza su comentario preparado sobre el piano y su ruego para que interpretaran la obertura de Tannhäuser, sin llegar a
Se sentó avergonzada ante el entusiasmo contenido e impersonal que llenaba la habitación. Incluso la señorita Rogers estaba sentada con menos rigidez. Su propia rigidez debía de dejar en evidencia que no pertenecía a un círculo musical. Los círculos musicales poseían un savoir-faire mundano propio, esa cualidad que se encontraba en todas partes del mundo. Pertenecer a uno significaría tener que hablar como aquella mujer entusiasta y devota, o ser calmada, fácilmente superciliares y reservada como la señorita Rogers. Incluso aquí los hombres estaban separados de las mujeres; unirse a los hombres sería bastante fácil, decir exactamente lo que una pensaba, hablar de toda clase de cosas y reír. Pero las mujeres odiarían eso y una tendría que entablar amistad con las mujeres, y delirar por la música y los músicos. El señor Bowdoin probablemente había pensado que ella hablaría con esas mujeres. Pero tras hablar con ellas, ¿cómo podría una escuchar música? Su mera presencia lo hacía casi imposible. Era incapaz de abandonarse a la obertura de Wagner. Sonaba tenuemente en la habitación. Paderewski miraba hacia donde no había más que música sonando en una habitación de madera justo en el interior de un inmenso bosque en algún lugar de Europa. Empezó a pensar en secreto en el mundo que la esperaba afuera y sintió que estaba ofendiendo a todos los presentes en la sala; de forma traicionera y ya no visible como antes. Se había alejado de ellos, pero ellos no lo sabían. El señor Bowdoin pasó de la obertura —que fue vitoreada ruidosamente— y siguió y siguió hasta que ella dejó por completo de intentar escuchar y él se convirtió en un extraño, sentado allí tocando seria y laboriosamente a solas en su piano. … Habría deseado que tocara un vals— y de repente se sonrojó al encontrarse sentada allí en absoluto. …