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IX

revelaban relucientes cuadrados de empastes de oro en sus dientes frontales. Su voz era vasta y sedosa, como la barba que se movía al hablar, desplazándose sobre la servilleta metida por una esquina en el cuello. Su mujercita era como un ave bondadosa, suaves cortinas de cabello negro grisáceo ensortijándose desde un moño bellamente retorcido a ambos lados de una frente despejada y apacible. Unos ojos de suave brillo resplandecían a través de unos quevedos sin montura posados delicadamente sobre su delicada nariz, sin barra recta y fea, un pequeño medio aro para unirlos y a un lado una delicada cadena de oro metida tras una oreja... era más o menos de la edad que había tenido mamá... era exactamente igual a ella; juvenilmente joven, pero sin preocupaciones; la pequeña mano izquierda anillada con extrañas y desusadamente expresivas yemas de los dedos y el pulgar curvado hacia atrás y curiosamente móvil era ella misma en miniatura. Sostenía un trocito de pan, puntiagudo, de forma expresiva, mientras comía su sopa. Le era totalmente familiar, ninguna extraña; siempre conocida. Miriam la adoraba, buscando sus ojos hasta que la miró, y encontrando una bienvenida suave y envolvente, sin interrumpir su continua y suave animación. Lo único extraño era un curioso barrido circular de su delicada mandíbula al hablar; una especie de abertura amplia de la boca en algunas de sus muchas palabras silenciosas, intercaladas entre y junto a los tonos sedosos, más altos y fácilmente audibles de su esposo. La señora Bailey se sentaba sin miedo, expandiéndose en la felicidad. Tendrán una serie de cosas que ver, decía. Contamos con este muchacho para que sea nuestro guía, dijo el viejo volviéndose enormemente hacia su vecino más lejano. Los ojos de Miriam siguieron y se encontraron con el rostro del doctor Hurd... sonriendo; su más intensa sonrisa de color rojo ladrillo. ¡No se había ido! Eran sus padres. Él también necesita unas vacaciones, el querido muchacho, dijo el viejo poniendo una mano sobre su hombro. El doctor Hurd esbozó una sonrisa de disculpa irónica con los ojos aún fijos en los de Miriam y dijo: No me importará, con el rostro arrugado por su risa histérica, contenida y a punto de estallar. El pequeño rostro

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