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VII. Miriam

Von Heber es un hombre que se abrirá paso a cuchillada limpia. […] Vaya. Es grandioso. Abrirse paso a cuchillada limpia; una de esas frases que te satisfacen y te inquietan; breve, y que omite casi todo; el doctor von Heber avanzando por la vida con un cincel, empeñado en esculpir; todo el mundo envidiándolu; el von Heber no visto ni comprendido; su camino está esculpido, él es su camino […] avanzando cada vez más y más lejos mientras uno escuchaba. Su pobreza y su labor denodada atrás, en Winnipeg, entre el hielo. Izándose fuera de aquello, convirtiéndose en médico; un graduado de «McGill» […] destacando entre los graduados con incluso el mismísimo ademán del éxito más marcado en él que en ellos con su dinero y su desahogo; navegando hacia Inglaterra con paso firme en el terrible riesgo del dinero prestado […] está mal, es un insulto para él pensar en ello mientras aún está en medio del esfuerzo […] una especie de traición conocer los detalles en absoluto […] la imposibilidad de no recrearse en ellos. Pero el pensamiento disipa su efecto general. En su fuerza y en su sol hay poder. Las cosas que ha hecho son el poder en él; no hay necesidad de conocer los detalles de chismorreo; por eso los hechos sonaban tan familiares; reproches, tal como los sacó a relucir el doctor Hurd. […]

Yo lo sabía todo sobre él cuando conocí su luz de sol. Debería haber salido huyendo ceñido de espino, con alguna mujer, y haberme esperado hasta que él regresara. El doctor Hurd parece una vieja; un viejo chismoso. Los viejos son peores chismosos que las viejas. No pueden quedarse con las manos quietas. Acuñan frases. El doctor Hurd es una vieja muerta, muerta. Manipulando las cosas como un viejo. Era tan natural escuchar. Las cosas «naturales» te hacen perderte y extraviarte... el juego de la sortija «solo un poco de tontería inofensiva... no hay daño en un poco de alegre tontería, pollito».

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