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VIII

señora Bailey al momento por mis cenas de un chelín y cuando no me las puedo permitir consigo una comida de cuatro peniques en una Y.W.C.A. Me obligó a aceptar sus ocho peniques. Al día siguiente caminó, según supe después, todo el trecho hasta South Kensington bajo un calor abrasador para ver a un hombre por lo de las siluetas”.

—Qué pedazo de pan.

—Él es así con todo el mundo. Y siempre ha sido así...

“¿Y qué?”

“Oh, no puedo expresarlo. Pero es judío, ya sabe, un judío español. ¿No es extraordinario?”

—Pues la verdad, Miriam, no veo qué tiene de extraordinario que un hombre sea un judío español si le da la gana.

“Me sorprendió muchísimo. Me lo contó la señora Bailey.

Hay cierta chica judía con la que se ha estado viendo en Kensington; le dibujó un retrato, uno especial, para su padre, por cinco guineas, y se ha comprometido con ella porque creía que tenía dinero y ahora descubre que no, que se joda, le dijo que se joda a la señora Bailey, y que se ha estado aburriendo por nada.

Va a ingresar en el hospital por su úlcera gástrica cuando termine la temporada y luego va a desaparecer. Me dijo que nunca le habló a una mujer más de dos veces; pero que está dispuesto a casarse con cualquier mujer que tenga suficiente dinero”.

“Sabio.”

“Él te ha hablado más de dos veces.”

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