ambiente beato; las jóvenes de la salita de estar, todas con aspecto desusado, como si se lavasen muy temprano por la mañana con agua fría y se arreglasen el pelo ajado con manos frías; la superintendente, con la expresión oficial y vigilante en su gran rostro de colegiala madura, bien alimentada y satisfecha de sí misma, la forma en que se sentaba en un escabel con los brazos alrededor de las rodillas fingiendo estar relajada y alegre mientras recitaba que era un privilegio y una alegría que las hermanas estuvieran tan cerca unas de otras… como si nos retara a negarlo. No veré mucho a Eve. No querrá que lo haga. Entablará amistad con una de esas jóvenes…
Miriam se descubrió mirando mesa arriba hacia el centro de un conflicto. Todos estaban unidos en el conflicto por algún tema en común. Nadie quedaba fuera; toda la mesa era un alboroto de voces y risas. …
No era otra cosa que la señorita Scott diciendo cosas sobre el señor Mendizabal y todo el mundo mirando y metiendo baza. …
Miss Scott relinchaba al otro lado de la mesa ante algo que se había dicho y se disponía a hablar de nuevo sin dejar de reír. Todas las rostros se volvieron hacia ella.
«¿Qué es eso que dice el señor Yo-anzen?», rió la señora Bailey dirigiéndose al último orador.
El hombre invisible frente a Miss Scott ni siquiera era el señor Helsing; solo el noruego más joven y desvaído, y a su lado una persona extraordinaria… un flequillo grueso y bruscamente abultado, una mejilla de textura tosca que sobresalía por debajo de un ojo hundido casi invisible, y un busto que caía en picado de repente bajo un corpiño de sarga basta.
—El señor Yo-hanson dice señor Mendy-zahble como en-gaiety.