Vagando en la penumbra, perdió la consciencia de todo salvo del paso de los edificios oscuros y silenciosos, de cómo se retiraban bajo sus pies las distintas losas de la acera, del crecer y menguar a lo largo de la acera de los flujos de luz de las farolas, de la distante marea murmurante de sonido que la atravesaba procedente de amplias avenidas, de la aproximación gradual a una avenida, de la elevación de la marea murmurante hasta convertirse en una feliz sinfonía de ruidos reconocibles, del repentino resplandor de la luz amarilla de un comercio bajo sus pies, de la ancha carretera negra, de la alegría de la necesidad de esa mirada rápida, comprensiva y de barrido de derecha a izquierda mientras cruzaba, de la sensación de ser arrastrada en una curva suave trazada por el balanceo amable y previsible del tráfico, de ser una parte cooperante y permitida del tráfico, de la llegada del bordillo amigo y de la franja de pavimento amarillo, que la llevaban de nuevo hacia la penumbra iluminada por las farolas que conducía al local de Donizetti.
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V. El cuarto del sótano
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