Miriam entró cautelosamente. Toda la casa era suya; era una huésped pagana; pero el derecho a deambular libremente por cualquier rincón de ella se compraba con las clases de francés de Sissie, y ser la profesora de Sissie significaba que los Bailey podían acercarse con familiaridad en cualquier momento… todos sus privilegios se compraban a un alto precio, aquí y en Wimpole Street… somos nosotros; nuestra familia; siempre disimulando.
Pero las clases creaban oportunidades para ser afable con los Bailey; eliminando la necesidad de buscarlos adrede de vez en cuando. De memoria. Tengo baladas patrióticas de memoria. Estoy hecha de memoria, todo el mundo lo piensa. Moviéndome y hablando con rigidez, el sello de mi familia, en cuanto se espera algo de mí. Nadie me conoce. Me vuelvo cada vez más desconocida y cada vez más parecida a lo que los demás piensan de mí… Pero yo lo sé; y las cosas siguen llegando; migajas de las cosas de los demás.
Nadie en el mundo podría imaginarse lo que significa para mí tener esta casa; las obras incompletas del repertorio de los Bailey. Ni Dios podría saberlo por completo. Hay algo malo en ello; pero maldita sea, no puedo evitarlo. En mi fuero interno me encantaría una prisión. Muros. ¿Qué son los muros?
Si arrastraba los zapatos embarrados con demasiada alegría, alguien aparecía en la puerta del comedor.
Más allá de la luz de gas que se derramaba sobre el mármol manchado de la mesa del recibidor y brillaba contra la amenazante puerta del comedor, la escalera penumbrosa la hacía señas para que subiera a la oscuridad.
Unos cuantos pasos y estaría subiendo. ¿A dónde? ¿Para qué?