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III. Miriam

¡Hih⁠— ji! al fondo del pasillo, más allá del recibidor.⁠ ⁠… Había allí una línea de luz brillante, que se filtraba por la rendija de la pequeña puerta que solía permanecer oculta en la oscuridad, más allá del lugar donde los Bailey habían desaparecido escaleras abajo hacia el sótano. Así que allí había una habitación.⁠ ⁠… La puertita se abrió de empujón y la silueta de un hombre se recortó contra la luz brillante y desapareció, cerrando la puerta. Había una mesa y una lámpara sobre ella⁠ ⁠… el eco de la risa le resonaba en la cabeza; una sola nota viva y de pecho seguida de un falsete que ascendía histéricamente. Hombres; caballeros. ¿Cuánto hacía que estaban allí? No se quedarían. ¿Cómo habían llegado? ¿Dónde los había encontrado la señora Bailey? ¿Ya se habrían dado cuenta de que no era una casa de su clase? ¿A quién temían escandalizar con su refinamiento y su libertad? Estaban creando un pequeño mundo luminoso ahí dentro al sentirse rodeados de gente que se sentiría escandalizada. No sabían que allí había alguien a quien no podían escandalizar.⁠ ⁠… Se imaginó a sí misma en el umbral⁠ ⁠… ¡hola! Quién iba a pensarte por aquí⁠ ⁠…

La puerta del comedor se había abierto y la señora Bailey estaba de pie en el vestíbulo con la puerta abierta a su espalda. Miriam no tenía preparada una negativa a la invitación de pasar. Miró por encima del hombro de la señora Bailey y vio a las dos chicas sentadas junto al hogar.

Dos cartas en la mesa del recibidor dirigidas al noruego le indicaban que los Bailey estaban solos. Cedió ante el aire encantado de la señora Bailey y entró. Se quedaría, sin quitarse la ropa de calle, el tiempo suficiente para enterarse de lo de la nueva gente.

El aire denso y empalagoso de la habitación la envolvió de forma opresiva a través de sus pesadas prendas⁠—Aquí tiene señorita siéntese aquí⁠—dijo la señora Bailey guiándola hacia una silla frente al fuego.

Había un desconocido sentado junto al hogar. —El señor Mendizabble —murmuró la señora Bailey mientras Miriam se sentía. Los ojos ofendidos de Miriam contemplaron la figura de un

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