centelleó en ella. Avanzó con la mirada fija al frente, sin ver, más cerca, cerca, a salvo a su lado, su pequeño y extranjero señor Mendizábal, apacible y familiar.
He aquí a la mademoiselle de Ruscino, all ons, ¡iremos a Ruscino, all ons! Ruscino, en luces eléctricas alrededor de lo alto del pequeño pórtico cuadrado, como el título de una obra alrededor del pórtico de un teatro, la figura de centinela del acomodador, la fugaz visión de palmeras helecho en la penumbra justo dentro del pórtico, la oscuridad más allá, de repente se convirtió en un lugar, separado y distinto de la confusa vaguedad que tenía en su mente con el Oxford Music Hall; ofreciéndose, abierto ante ella, reclamando un lugar en su experiencia; abierto, con ella dentro y los misterios del pórtico a su espalda... el Londres continental ante ella, fluyendo hacia su encuentro en olores mezclados de comida y vino continentales, ricos y embriagadores olores en un aire denso y reseco con el aroma de los cigarros, vibrando con el balanceo sólido, vaporoso y estremecedor de la música.