En Beethoven. Beethoven era la respuesta al silencio de la estancia. Imaginó una sonata resonando en ella y atacó desafiante un fragmento recordado. Irrumpió estrepitosamente en el silencio. La estancia indiferente podía tambalearse y oscilar. Sus muebles desvencijados hacerse añicos. Algo tenía que suceder bajo el estallido de su mejor realidad. Ella pisaba terreno firme. La habitación no era nada. Lanzaba miradas de soslayo, medio temerosas, exultantes. La habitación despertó a un silencio ofendido. Sintió asombro ante el repentino y ruidoso estallido de afirmaciones que se convertía en un desprecio burlón. Atrincherado tras el desprecio, algo declaraba que no tenía derecho a su comprensión de la música; que no tenía por qué meterse en ella y ocultar sus defectos y zafarse de las cosas y escapar de la debida exposición de su fracaso. En un hombre habría sido excusable. La estancia habría escuchado con una tolerancia respetuosa, halagadora y benévola hasta que terminara para luego recaer impasible. Aquella mujer desaliñada tocando con la franqueza y la decisión de un hombre era como una extraña bestia en la habitación. …
Era demasiado tarde para volverse atrás. Solo le quedaba seguir adelante reafirmando su afirmación, gritando en un estruendo que sin duda debía de oírse por toda la casa y resonar en la calle aquello que era más fuerte que el sentimiento que había motivado su petición de compasión. Era la eterna separación de caminos, el desgarro que siempre llegaba. …