Todos habían bajado a ver la Antigua Tienda de Curiosidades... había algo en ella... y había una historia local mejor de su estilo. Contó la historia del Sr. Leyton sobre el pasaje en Little Gower Place, los ladrones de cadáveres que transportaban por él de noche cuerpos recién enterrados desde el cementerio de St. Pancras hasta el hospital.
“No me diga. Pensar que hemos ido por ahí todo este tiempo sin saberlo”.
“Esa tienda de Lincoln’s Inn no es la tienda a la que se refería Dickens. La han derribado. Solo queda el solar. Algunas personas piensan que Dickens es un sentimental”.
“Los que piensan así son hipercríticos. Además, el sentimentalismo no le impide ser uno de sus más grandes hombres”.
“Usted debería valorarlo muchísimo. Si alguna vez hubo un hombre que sacó a la luz los abusos... Debería leer el Elsie Venner de nuestro Holmes; en casa lo llamamos su novela medicalizada”, sonrió el doctor von Heber. Hablaba en voz baja, manteniendo una conversación aparte. Los demás charlaban entre ellos.
“Sí —murmuró Miriam—; tengo que hacerlo”.
Ambos sonrieron con una amplia complicidad.
“Lo tengo en casa —murmuró el doctor von Heber, con una sonrisa que se acentuaba aún más—.
Lo leerás cuando vengas. Lo leeremos —dijo, sonriendo para sus adentros”.
Ella intentó permanecer allí donde él estaba, no dejarse distraer por sus pensamientos. Debía de ser el peor libro de Holmes. Un libro escrito a propósito, para demostrar algo.