Desde la blanca fachada bañada por el sol de una gran casa londinense, los laureles miraban hacia abajo a través de una balaustrada de pilares de piedra blanca.
Aparecían de repente con la luz de una farola, agrupados a salvo tras las rejas de una plaza de Bloomsbury… la boca de una calle lateral la devolvió al laberinto de callejuelas.
La presencia protectora de la casita estaba allí y ella caminaba pausadamente, feliz, a través de canales de protegido silencio bañado por el sol…
¿Qué hacía allí? En época navideña uno debía estar donde pertenecía. Acudiendo y rondándola surgían las exigencias de los hogares que habían estado abiertos a su elección, atrayéndola de vuelta a la vieja vida, la única vida conocida por quienes se sentaban a su alrededor. Miraban desde esa vida, viendo la suya como dureza y penumbra, compadeciéndola, desviando con reticencia los ojos ciegos de sus intentos por revelársela y dársela a conocer. Se vio a sí misma abandonando esfuerzos, adoptando una animación desesperada,