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VI

pensar que su cabeza estaba clara y fresca y no tener que oír otra vez la resonancia cálida, sorda y hueca de su voz, con qué alegría estaría escuchando a la señora Bailey. Tengo un mensaje muy especial para ti, jovencita, había dicho y ahora continuaba con los ojos puestos en el conflicto del extremo de la mesa al que el señor Gunner lanzaba comentarios y exclamaciones desde lejos. La habitación brillaba suavemente con su luz dorada. Desde el corazón de la luz dorada la señora Bailey se apresuraba hacia ella con buenas noticias.

“Ja.”⁠ ⁠…

Mrs. Bailey miró a su alrededor ocultando su vexación con una sonrisa estirada mientras el señor Mendizabal entraba radiante y con paso firme. Se sentó en medio del clamor general y Emile se apresuró a prepararle un sitio. Él gritaba respuestas a todo el mundo, sentado con los codos en la mesa. Poniendo los codos en la mesa, Mrs. Bailey aplaudió con pequeñas carcajadas. Había abandonado la idea de dar su recado. Miriam terminó su pudín apresuradamente. El estrépito iba en aumento. Nadie se fijaba en ella. Levantándose con cautela, le pidió permiso a Mrs. Bailey para retirarse. ¿Se va, señorita? —gritó de pronto el señor Mendizabal mirando hacia ella. Tenía un aspecto extraordinario, no parecía él mismo.

La tienda de Eve era una llamarada de flores en el West End. El escaparate estaba obstruido con flores en tarros, atadas en grandes manojos. Al frente había cestas doradas de flores de invernadero. Apoyados en el centro había un ancla de flores grande y una herradura de flores, ambas adornadas con grandes lazos de cinta de raso blanco —mujeres con vestidos de noche de raso blanco con cola, haciendo reverencias desde estrado⁠s—; a cada lado había apretados ramilletes de baile prendidos en monturas de terciopelo en forma de corazón.

Era extraño poder entrar. … Entrar a ver a una empleada no era la forma correcta de entrar en una tienda del West End. … Ahí estaba Eve; de pie,

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