perfectamente vestida, desembocaba con esbeltez en una cabeza delgada y distinguida. Pero por encima de la frente ancha, alta y pálida, donde el hueso se marcaba con rudeza a través de la piel y se hundía en las sienes, el cráneo tenía una planicie serpentina; el cabello lustroso era escaso y gastado.—Sí —murmuró Miriam distraída—, voy a salir ahora mismo.—No coja frío, señorita —sonrió la señora Bailey.—Oh, bueno, intentaré no hacerlo —dijo Miriam mientras se marchaba. «Nunca lo conseguirán», se dijo a sí misma mientras se abría paso a través de la oscuridad hacia su lechería A.B.C. «Él se enterará. Cree que está aprendiendo inglés en el seno de una familia inglesa».
Mrs. Bailey subió en persona a arreglar la habitación de Miriam el domingo por la mañana. Miriam se preguntó, al verla entrar con desparpajo tras un rápido golpe en la puerta, cómo sabría que su visita causaba consternación. La visita de la fuñeita no interrumpía nada. Solo significaba estar de pie junto a la ventana durante un minuto más o menos, deseando que acabaran los resoplidos y arrastres de pies. Pero si Mrs. Bailey iba a subir todos los domingos por la mañana… Permaneció a disposición de Mrs. Bailey, con una sonrisa tonta, en medio de la habitación. —No esperabas verme, jovencita—. Miriam amplió su sonrisa. —Quiero hablar contigo—. Se quedaron frente a frente en