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VIII

Un día de calor abrasador cambió la estación de repente. Una luz plana y amenazante recorría la casa.

La sala de espera ensombrecida, cegada por el sol y perfumada a flores, albergaba en sus sillones hondos a pacientes horneados por las calles. Algunos estaban lánguidos. Pero ninguno sufría. Conservaban su frescura y su inmunidad al agotamiento al vivir alejados del esfuerzo y del calor mugriento; con ropas frescas, moviéndose velozmente a través del aire en movimiento en carruajes y cabs con cortinillas de holanda; tomando helados en costosas sombras; siendo atendidos en las profundidades frescas de las casas del West End; sus vidas perturbadas tan solo por alguna que otra visita al dentista.

Los pacientes delgados y oscuros eran como lagartijas, vivaces, huidizos y activos incluso en el calor sofocante.

La habitación sin sol de Miriam estuvo fresca todo el día. A través de su ventana gris podía ver la luz del sol derramándose sobre los ventanales salientes de la pequeña habitación del señor Leyton y reflejada en el brillo mugriento de los vidrios esmerilados de la salita. Su trabajo del día era irreal, tan fácil como un sueño. A su alrededor había días abiertos y soleados que su verano no podía traer, y que sin embargo eran suyos mientras se movía entre ellos; una hoja caída en el vestuario, la visión de un vestido de verano, la luz estival entrando por ventanas de par en par la transportaban hacia ellos. El verano nunca volvería a ser como antes, pero la liberaba del frío y la dejaba moverse sin trabas por los veranos del pasado. El verano era la felicidad.⁠ ⁠ … Las cosas individuales eran pajas en la corriente de la felicidad estival.

A la hora del té en la salita se hizo una penumbra silenciosa. Era como un invitado que acaparaba la atención de todos, disolviendo las diferencias y

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