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IV. The Music

redondo y pálido, con una nariz pequeña y respingona y unos curiosos ojos azul pálido y cerosos, y dijo furiosa: por favor, solo un panecillo con mantequilla y una taza de cacao. El hombrecito hizo una profunda reverencia con el rostro radiante y se alejó con suavidad. Miriam lo vio avanzar por el pasillo haciendo reverencias a diestra y siniestra. El camarero circunspecto se adelantó interrogante a su encuentro y fue de nuevo descartado con la mano, y al poco vio al hombrecito junto a un tubo acústico y le oyó cantar en un tono alto, suave y uniforme: un-sho-co-lat. Él le trajo lo que había pedido, lo colocó con cuidado a su alrededor y le llevó un ejemplar del Illustrated London News de otra mesa. Ella bebió a sorbos, masticó y miró todas las imágenes. La gente de las imágenes era gente real. Se los imaginaba moviéndose y hablando en toda clase de circunstancias y soportaba sus rasgos con suavidad, sintiendo como si alguien estuviera allí, con delicadeza y medio reproche, sosteniéndole las manos atadas a la espalda. El camarero deambulaba arriba y abajo por el pasillo. La gente entraba, a veces de dos en dos o de tres en tres. El hombrecito estaba sentado escribiendo con el rostro severo y inclinado en una pequeña mesa al fondo del restaurante, justo en frente de un mostrador de mármol que sostenía enormes urnas y platos de cristal repletos de bollos y porciones de pastel. No volvió a moverse hasta que ella se levantó para marcharirse, momento en el que acudió de nuevo apresuradamente por el pasillo. Su cuenta era de seis peniques y él aceptó la moneda con una reverencia, esperó mientras ella se desprendía del terciopelo adherente y sostuvo la puerta abierta de par en par para que saliera. Buenas noches, muchas gracias, murmuró ella esperando que la oyera, en respuesta a su educada despedida. Vagó despacio hacia su casa bajo la llovizna, reconfortada y alimentada, con un resplandor en el pecho. Dentro de aquellas espantosas puertas esmeriladas había un hogar, un trozo de su propio Londres.

El gas del pasillo estaba apagado. La puerta del comedor estaba entreabierta y dejaba ver una débil luz, y salía luz de la pequeña habitación al fondo del pasillo.

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