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VI

Miriam se adelantó sin ver otra cosa que la luz de gas dorada derramándose sobre el mantel blanco. Se sentó cerca de la señora Bailey, dentro del borde de su fulgor. Lo más hondo de la luz aún conservaba intacta la acogida que había estado allí cuando entró y encontró a Émile poniendo la mesa. No había cambios ni decepción. Los espejos manchados y los muebles sin desbastar resplandecían a la luz del gas, dejando ver profundidades en el interior y relucientes pasajes de luz. En los espacios entre los cuadros, las paredes devolvían reflejos tornasolados del resplandor sobre la mesa. La gente que entraba uno a uno dando las buenas noches con distintas entonaciones y se sentaba irradiando ondas de curiosidad, la dejó imperturbada. Había cinco o seis figuras alrededor de la mesa además de Sissie, sentada en el extremo opuesto frente a su madre. Hicieron afirmaciones repentinas sobre el tiempo una tras otra. Estaban esperando a que su experiencia cotidiana de la comida se viera alterada por algo que ella pudiera hacer o decir. Émile iba pasando platos de sopa. Al poco rato estarían todos hablando y se habrían olvidado de ella. Entonces podría verlos a todos uno por uno e irse sin ser vista, habiendo cenado únicamente con la señora Bailey. La señora Bailey estaba de pie trinando la pieza de carne. Cuando los ruidos que hacía eran lo único que se escuchaba, ella respondió al último comentario sobre el tiempo o hizo alguna pregunta nueva al respecto como si nadie hubiera hablado en absoluto. Cuando no hablaba, cada movimiento de su batalla con la carne expresaba su sentido triunfante y afectuoso de la presencia de Miriam. No había hecho presentaciones. Estaba diciendo en secreto ahí estás, mujercita. Te lo dije. Ahora estás en tu sitio adecuado. Ya ves que es muy fácil. La pieza ya estaba parcialmente repartida. Émile pasaba tres fuentes hondas de verduras. Un plato generoso de carne bien dorada y salsa apareció ante Miriam con la mano firme, pequeña y desfigurada por el trabajo

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